Aniversario del Bocha Sokol: Uno más de todos nosotros
Con un talento musical infrecuente y un corazón enorme, nunca se dejó encandilar por la fama. Siempre supo que la calle era su lugar.
La primera vez que lo vi a Alejandro venía caminando y enfrascado en una charla con Luca por la calle Eduardo VII, como se llamaba durante la dictadura militar la actual arteria Jauretche.
Hasta ese momento no lo conocía. Después lo vi tocar con Sumo en Hurlingham, en los inicios de la banda. Ese show fue como un ensayo con público, porque Luca en algunos temas pedía a la banda que parara, daba indicaciones y empezaban de vuelta el mismo tema.
Lo volví a ver ya en los últimos años de los 80. Con unos amigos hacíamos un programa (Deshoras) en la radio de Hurlingham Fm Triac y en una emisión Alejandro estuvo como invitado.
Desde ese día empezó a venir de vez en cuando al programa y salía al aire. A veces, venía con Ismael, que tendría dos años y, sentado a upa de Ale, le mandaba (todavía a media lengua) saludos a la madre.
Una gema llamada S.O.K.O.L
En ese momento, Alejandro lideraba una terrible banda local llamada S.O.K.O.L. Ale en voz y guitarra, Fredy de Mársico en teclados, Paul Chientaroli en bajo, Abel Charras en saxo y Marito Lastarria en batería.
Alejandro era un tipo que desbordaba afectividad por todos los poros. Esa gente transparente, que te cae bien apenas la conocés. Tipo humilde y sencillo. Le importaba la música. Punto. El resto, para Alejandro (o Ale, como siempre se lo conoció en Hurlingham, hasta que se rapó y en un show de Las Pelotas alguien le gritó Bocha y el apodo quedó sellado) era puro cuento. Siempre estuvo lo más lejos posible de la “farándula” del rock. Aunque hubiese teloneado a los Stones y anduviera con Keith Richards como si se conocieran de toda la vida.
Tenía una frase que lo definía de modo tajante: “Ser roquero es ser un tipo de la calle”.
Alejandro cuando tocaba con S.O.K.O.L. si te veía siempre tenía un gesto para vos, se acercaba con la guitarra y te jodía, te saludaba, siempre había un guiño. Incluso, tenía esas actitudes afectuosas cuando veía a algún conocido del barrio en medio de la marea de gente que seguía a Las Pelotas.
Antes del conocimiento masivo que le dio Las Pelotas, Alejandro ya era un músico admirado y respetado. Un detalle nada menor: era un ex Sumo. Pero él se movía como uno más del barrio. Si le avisaban que había un picado, se prendía y rápidamente aparecía en El Galpón, sobre Avenida Roca, que en verano bajo ese techo de chapa debía hacer como 40 grados de térmica.
También venía a jugar, invitado por Marito Lastarria, a la Márquez de noche. Aprovechábamos el alumbrado y jugábamos al lado de la ruta en un espacio que tenía un pronunciado declive. O sea, había un equipo que atacaba todo el partido y el otro, defendía todo el partido.
Velada de gala con Tito Fargo
Con el programa de la Triac arreglamos para que tocaran un viernes a la noche en el pub El Cedro, un clásico donde iba todo el mundo que le gustaba la música porque el francés Jean Pierre tenía una pantalla gigante donde pasaba todo el tiempo videos de rock. Era la época de cuatro canales de televisión y a veces cinco, cuando lograbas mover la antena y sintonizar Canal 2 de La Plata. No se veía casi nada de rock en la tele. Por eso, el éxito de El Cedro, además de las hamburguesas que hacía el francés.
El pub no era muy grande y esa noche que tocó S.O.K.O.L se llenó como el San Martín a las siete de la mañana. Mario Ferrarese, dueño de la Triac, oficiaba de sonidista y esa noche cayó para tocar con los S.O.K.O.L un amigo de la banda, nada menos que Tito Fargo, a quien Alejandro antes de cada tema le mostraba los acordes. Una noche de lujo: Sokol y Tito Fargo tocando juntos.
La banda sonó impecable. Hicieron un show tremendo. Uno de los hits era Call my Name, que Las Pelotas grabó bajo el título de Astroboy.
En lo personal, me gustaba más la versión que hacía S.O.K.O.L, más sucia, más roquera, más emotiva.
La última vez que lo vi fue tras su salida de Las Pelotas, unos meses antes de que se mudara al barrio de arriba. Estaba en una YPF de Hurlingham cargándole nafta a una moto y riéndose con los pibes que despachaban combustible.
No quise ir a joderlo, pero me saludo con la mano, así que me acerqué y nos dimos un gran abrazo.
No es raro que aún hoy la figura de Alejandro siga siendo venerada. Sospecho que no es sólo por sus canciones, ni por su magnetismo arriba del escenario ni por haber inventado una forma de cantar. Hay algo más. Estoy seguro.
Me parece clave en todo este asunto que no sean los medios los que lo llevan a la categoría de ídolo, es la gente la que lo sigue recordando y la que demuestra el enorme afecto que tiene por él. Y eso no lo logra cualquiera.
Hay gente con una estrella especial. Que no se compra ni se aprende. Se la tiene o no. Y Alejandro la tenía.
¿Habría llegado al mundo con una misión? ¿Irradiaba una luz especial? ¿Había en su alma una sensibilidad distinta? No importa la respuesta. Lo que importa es el legado que, aun sin proponérselo, dejó Alejandro. Un legado que seguirá siendo reconocido y celebrado por la gente.
¡Qué estés sonriendo Ale!
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