A 64 años de su nacimiento
Aniversario del Bocha Sokol: Entre los Stones y el súper del barrio
Un vecino como cualquier otro que llegó a elevarse a la categoría de mito, una condición de la cual el Bocha se reiría con ganas.
¿Qué es lo que crea un mito? ¿Qué hace que una historia logre llegar a convertirse en mito? Los griegos acuñaron ese concepto para distinguir a una narración extraordinaria sobre un hecho o un personaje de siglos pasados, cuyo protagonista cobra sentido con el tiempo y llega a ser una figura divina o heroica. En Laferrere, Rumania o Hurlingham esto también sucede así.
En Hurlingham tenemos varios mitos. Entre ellos, el músico, cantante y mejor vecino llamado Alejandro Sokol. Un personaje devenido hoy en mito. Casi sin buscarlo ni quererlo se transformaría en un ícono del rock hecho en estás pampas, al sur bien al sur.
Se podría hablar de su música, su trayectoria y lo que sucedió con él y su historia, pero eso ya se sabe: hay libros, revistas, programas de YouTube y coso. ¿Pero cuánto sabemos del impacto social de este vecino hacia nuestra comunidad y hacia todo el mundillo del rock vernáculo?
Nuestro país siempre se caracterizó por endiosar seres humanos de aquí de allá y de todas partes, como si eso fuera parte de nuestra idiosincrasia. Gardel, Perón, El Diego, Olmedo y tantos otros. ¿Por qué no agregar una estrella más a este estandarte de luminarias excéntricas como importantes para la historia de la cultura argentina?
La verdad define por penal
Tal vez esa idiosincrasia se alimenta de una historia socio-política y cultural con muchos agujeros negros en su historia; políticos corruptos desde el virrey Cisneros hasta Milei, estrellas de televisión ficticias, milicos a lo largo de la historia creando un desamor tan grande de los argentinos al que el clamor popular llena buscando referentes y “conductores” de una sociedad acéfala y apócrifa, donde la verdad siempre define por penal y siempre queda afuera del campeonato.
Y es ahí donde surgen mitos impensados, figuras comunes de un hogar cualquiera que puede ser el de cualquier hijo de vecino, con la diferencia que algo marca a esa persona y la distingue del común denominador.
Una persona elegida al azar por la suerte que da vueltas por Temperley, Berlín y (de nuevo) Rumania. Ese azar mágico e imperceptible tocaría a Sokol y lo transformaría en una estrella de música rock impensado tal vez hasta para él mismo. Y como narciso frente al estanque nunca se dio cuenta de su imagen de dios o semidios urbano. Si se dieron cuenta todos los que lo veían y escuchaban arriba de un escenario o sonando en algún casete TDK en ese viejo reproductor Aiwa.
Un vecino común y corriente
Los vecinos que lo conocían de pibe lo veían salir en la noche del domingo con Sofovich y no salían de su asombro. Lo cruzaban en el supermercado del barrio días después de telonera a los Stones y seguían asombrándose. El seguía siendo el mismo vecino común y corriente, la aguja de su vida no se movía según los hechos que le acontecían. Saludar a un amigo a los gritos o viajar con un grupo de ellos hasta un show propio son misceláneas de un pasado inaudito. Arriba del escenario en vez de hablar y bajar línea demagógica se la pasaba saludando amigos y vecinos transformados en fans.
Tenía esa claridad para ir barrio por barrio recolectando amigos (Chivilcoy, San Andrés o Nono, entre tantos) y al mismo tiempo sosteniendo lo que cantaba con su vida. Nada más lejos de los pomelos rock.
Lo que el mundo quiere
Había una canción llamada “Día Feliz” que lo describía de pies a cabeza: “¿Dónde habrá un helicóptero para mí? ¿Dónde habrá un submarino para seguir?. Acá se pintaba su realidad, en el aire o en el agua pero nunca los pies sobre la tierra; tal vez, esa vulnerabilidad humana lo convirtió en mito, trazando la diferencia entre un dios verdadero y un simple mortal, haciendo entender a propios y ajenos que los mitos no existen y que él no era algún dios preexistente.
Así demostró que la suerte y la casualidad puede tocarle a cualquiera y que de creerlo, el protagonista se convierte en eso que todo el mundo quiere y busca: una imagen superior a la cual adorar y pedirle favores. La misma imagen que será odiada una vez que ya no sirva.
Lejos del mito
Alejandro Sokol escapó de ese tributo mesiánico y se fue como vino a este mundo, siendo una persona normal y corriente, como cualquier hijo de vecino. Formó una familia, hizo bellas canciones, trabajo y tuvo amigos.
No necesitó más que eso, acciones que lo alejan del mito Superman y lo dejen ser como él quería ser: una persona más entre tantas otras. Y objetivamente lo logró. Ahora, que los demás lo consideren un mito ya es problema de cada quien y no está mal tampoco endiosarlo, por qué tal vez muchos hayan encontrado en Alejandro un espejo donde les gustaría verse reflejados y poder ser parte de un mundo bastante hostil y con oportunidad para pocos.
Si el protagonista de esta nota viera su actual condición de ídolo de masas, se agarraría la cabeza. O simplemente se reiría, como quien no logra entender el porqué de esa singular situación que se le adjudica.
Y se reiría con esa misma risa que saluda a más de uno que lo escucha cantar y siente una electricidad única y su cuerpo libera la hormona de la felicidad. Como sintiéndose parte de algo único e irrepetible y de la que todos, de una u otra manera, fuimos parte de la historia.
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