¡Larga vida a nuestros veteranos!
Las guerras, todas, son una forma extrema de la pérdida. No hay en ellas victoria posible, aunque la historia se empeñe en dibujar banderas en lo alto de mapas y nombres en columnas de mármol. Esa vieja dicotomía, tan cinematográfica, hollywoodense, de ganadores y perdedores, es, en el fondo, una trampa: una forma absurda de no mirar de frente lo irreparable.
Cuando fue la guerra de Malvinas yo era apenas un pibe, y como todo pibe también fui habitado por ese relato simplificado: “estamos ganando”, “hundimos un barco”, “matamos ingleses”. Palabras que sonaban a triunfo, pero que el tiempo fue desnudando hasta dejarlas en su verdad más cruda: tragedia, nuestra tragedia.
Recuerdo el llanto en casa el día de la rendición, un llanto espeso, familiar, casi silencioso, y después la bronca, una bronca que se volvió más amarga cuando un general, con la torpeza de quien no comprende del todo lo que ha hecho, pronunciaba la palabra fracaso como si pudiera decirse sin que algo se quebrara para siempre.
Con los años, todo eso fue sedimentando en mí una mirada distante de los patriotismos exaltados y de las oposiciones fáciles; siempre pensé en esos soldados como pibes, pibes llevados a una guerra que no habían elegido, impulsada por una dictadura que poco tenía que ver con los pueblos que decía representar. Pero la docencia, vino a torcer ese pensamiento, a volverlo más complejo, más humano; fueron mis estudiantes quienes me dieron la primera señal, cuando en el marco del programa “Jóvenes y Memoria” surgió una pregunta sencilla: ¿quiénes eran los caídos de Malvinas oriundos de Hurlingham?
Eran cinco, y en esa búsqueda apareció él, Claudio Bastida, Franky, un pibe del barrio, de esos que uno podría haber cruzado en cualquier esquina, que había estudiado en la Echeverría Secundario Uno Hurlingham y que, sin demasiadas vueltas, había decidido ir voluntariamente a la guerra; ahí empezó todo, porque ya no era una cifra ni un nombre en una placa, era una historia, y las historias, cuando se las sigue de cerca, empiezan a respirar.
Conocí a sus primos, Susana y Gustavo, a su maestra de primaria, a sus amigos del secundario, a su familia, y cada encuentro abría una puerta detrás de la cual había una escena, un gesto, una voz que lo volvía más presente; entonces, la pregunta cambió: ¿cómo era posible que ese pibe, ese Franky de Hurlingham, hubiera querido ir a luchar por algo que en apariencia le quedaba tan lejos? Fue entonces cuando entendí, o empecé a entender, que la guerra de Malvinas no fue una sola, que como me dijo alguna vez mi amigo, el veterano Silvio Katz, en Malvinas se libraron muchas guerras, y la de Claudio había sido una de las más íntimas y silenciosas: ir a la guerra para luchar por su país y también para conseguir una casa para su madre, María.
A partir de ahí todo se volvió más complejo y más verdadero, porque las investigaciones y los testimonios me fueron mostrando otra dimensión: la de los actos heroicos que no entran en los discursos oficiales, la de los pibes que sabían, a su manera, por qué estaban ahí, que pelearon con miedo, con frío, con poco, pero con una conciencia que desarma cualquier simplificación. Y la historia de Claudio me llevó a la de Daniel, Daniel Marcelo Orfanotti, el último soldado que lo vio con vida, el que sostenía la ametralladora en Monte Longdon mientras Claudio era su asistente de armas y conocerlo fue como asomarse a un borde: un hombre entero, de una bondad serena, endurecido por haber mirado la muerte de frente pero intacto en lo esencial, en su humanidad; con él compartí largas charlas, de esas que no se olvidan.
Después vinieron también las invitaciones del Regimiento de Patricios (Claudio había sido el único soldado de ese regimiento caído en Malvinas), y en esos homenajes pude ver algo que no se enseña en ningún libro: sus llantos contenidos, la emoción que desbordaba sin palabras y esos abrazos largos, apretados, de hombres que no se decían hermanos pero que lo eran en el modo más profundo que puede serlo alguien que ha compartido la cercanía de la muerte.
Daniel sigue estando, acompañando, dando testimonio en las escuelas, como si la memoria fuera también una forma de cuidado. Porque si algo aprendí en todo este camino, sin haberlo buscado del todo, es que terminé abrazando la causa Malvinas, no la guerra inútil de los dictadores ni el delirio de las banderas agitadas desde escritorios lejanos, sino esa otra historia: la de cientos de hombres valientes que, en medio del absurdo, hicieron lo que creían justo, entregando todo lo que tenían; y entonces, cuando vuelvo a pensar en aquella vieja dicotomía de vencedores y vencidos, ya no me alcanza, porque Malvinas, como toda guerra, la desarma y la deja corta, y deja ver algo más profundo, algo que tiene que ver con la memoria, con el barrio, con los nombres que no se borran, porque los héroes, los de verdad, no están en las películas, están ahí, en las calles que caminamos todos los días, y existen, y seguirán existiendo mientras alguien mantenga encendida la llama de la memoria.
¡Larga vida a nuestros veteranos!
Ernesto Bruss es vecinos de Hurlingham, docente, militante de Derechos Humanos y músico.